Santa Cruz - Tahodio- Cruz del Carmen

Tahodio- Cruz del Carmen

Saliendo desde el Barrio de la Alegría en el mismísimo Santa de Tenerife, capital de la isla, a la altura del mar, nos proponemos subir, en cuatro horas de caminata, los más de doce kilómetros y casi mil metros de desnivel que separan ese punto de la llamada Cruz del Carmen, famoso y visitado pico del macizo de Anaga.

El camino se realiza a través de pequeñas vías  y senderos de piedra a lo largo del Valle o Barranco de Tahodio, pasando a continuación al denominado Valle de Luis, para llegar después a la zona de Jardina, en los altos de San Cristóbal de La Laguna, y de ahí subir por los montes de laurisilva de Anaga hasta el mirador que corona la Cruz del Carmen.

Además de la cercanía a la capital, lo bonito de esta ruta es el tener la oportunidad de disfrutar del cambio de pisos de vegetación y ecosistemas a medida que vamos subiendo y ganando en altura, desde los pisos de vegetación basal, xerófilos, de la costa, repletos de magníficas formaciones de cardones y tabaibas encaramadas en la roca predominantemente roja y parda, hasta el profundo verde primero del  fayal-brezal que nos encontramos a partir de los 750m de altitud para después introducirnos en la frondosa espesura del Monteverde o bosque de laurisilva de las últimas cotas.

Se trata de acceder a la cumbre por la ladera sur de los montes de Anaga y como toda ladera sur en la isla de Tenerife, supone la ladera más expuesta al sol, la ladera de las cactáceas, de las plantas acostumbradas a vivir rigores hídricos, ausencia de agua. Una ladera que solo reverdece en la cumbre y en la profundidad de los barrancos en pequeños cotos protegidos de la maresía, los vapores y sales del mar.

Dejamos atrás el Barrio de la Alegría y seguimos la carretera hacia la presa de Tahodio, adentrándonos en el estrecho valle que le da nombre y donde aún observamos la existencia de pequeñas fincas de aguacates y cítricos, y de todo tipo de ingenios y canalizaciones para transportar el agua que las irriga, hasta un pequeño acueducto de varios arcos de piedra roja y tuberías de centenaria herrumbre.

Tras un camino  de cardones resecos por el sol, llegamos a divisar el imponente muro de la presa que proyectada en 1914 no llegó a acabarse hasta 1926, en lo que constituye una singularidad en Tenerife, pues en la isla existen poquísimos ejemplos de este tipo de construcciones civiles.

La presa da lugar a un ecosistema en sí mismo, no solo por la profusión de patos y otras palmípedas, sino por el hecho de que los entornos de la presa se encuentran más reverdecidos, los cardones, chumberas y piteras más verdes y cargadas de agua, más exuberantes. Hay más humedad.

Senderos y pequeños viales se suceden en este entorno pedregoso, de enormes paredes verticales y oquedades en las rocas, donde de vez en cuando aparecen pequeños huertitos arrancados a la piedra, pequeñas casitas y cuevas habitadas desde tiempos ancestrales por trogloditas, ahora reconvertidos en urbanitas que mantienen sus cuevas para visitas esporádicas o para tener algunas cabras y otros animales

Estos barrancos, desfiladeros y recovecos pedregosos de Anaga, en la punta oriental de la isla de Tenerife, son un auténtico deleite para los sentidos, una sinfonía de formas y colores, un sinfín de sorpresas que nos llevan al siguiente hito del camino, las antiguas canteras del Valle de Luis. Canteras abandonadas, excavadas en la roca, que recuerdan a los vacíos escultóricos de Eduardo Chillida, monumentos de otra época en la que se construía en piedra, con sentido de la belleza y de la armonía.

Tras sortear los últimos metros del vial excavado en la roca roja, llegamos a Jardina, en los altos de La Laguna, desde donde se observa una magnífica panorámica de la Vega Lagunera, la ciudad de los adelantados y la extraordinaria silueta del Teide coronando la Cordillera Dorsal que separa las laderas norte y sur de la isla de Tenerife.

 

No deja de ser una lástima que la irresponsabilidad y dejadez de la clase política y la falta de sensibilidad de muchos isleños, hayan salpicado este paraje natural de extraordinaria belleza, de casas de volumetría desproporcionada y extrema fealdad, todo un alarde de “terrorismo urbanístico”, cicatriz eterna sobre las zonas de medianía más bellas de este paraíso atlántico.

Seguimos nuestro camino hasta llegar al Mirador de Jardina y de ahí, tras echar una nueva mirada al paraíso, tomamos la carretera general hacia la Cruz del Carmen, adentrándonos unos metros más arriba en el bosque de laurisilva por el llamado “paseo de los sentidos” hasta coronar la cumbre brumosa, con ocho grados centígrados menos de los que teníamos en Santa Cruz donde lucía un sol implacable.