La Rambla de Castro

La Rambla de Castro

En el municipio de los Realejos, en la costa Norte de Tenerife, se encuentra uno de los más preciados tesoros paisajísticos de la isla, su más fabuloso palmeral. Se trata de La Rambla de Castro.

Para acceder a La Rambla de Castro desde Los Realejos, se conduce por la carretera general que une las localidades de Los Realejos e Icod de los Vinos, la TF-5, deteniéndonos a pocos kilómetros de la salida de los Realejos en un paraje denominado Mirador de San Pedro que está pasado el barrio de San Vicente pero antes de la bajada a la playa de El Socorro. Debe el mirador su nombre a una ermita bajo esa advocación construida en el Siglo XVI, que se encuentra a sus pies, justo en el camino que tomaremos para visitar este mágico lugar. Desde el mirador y a lo largo del camino veremos en primer lugar, a mano izquierda, la maravillosa Punta del Guindaste con su majestuoso drago y un mar de plataneras salpicadas de viejas mansiones de Tenerife.

Poco a poco adentrarse por el camino de piedra en su descenso, nos llevará la vieja Hacienda o Mansión de los Castro, casa matriz de D. Hernando de Castro, mercader portugués que participara en la financiación de la conquista de Tenerife y a quien D. Alonso Fernández de Lugo, el Adelantado, premió con la adjudicación de este espléndido paraje, rico en agua, donde los Castro acabaron cultivando en primera instancia Caña de Azúcar para su exportación a Sevilla, Lisboa y Amberes principalmente.

Paso a paso nos vamos adentrando en éste mítico paraje, largamente aclamado por muchos de los viajeros e ilustrados que fueron visitándolo a lo largo de los siglos. Un paraje protegido, una histórica propiedad familiar hoy de titularidad pública para el disfrute de todos en el que nos encontramos con espléndidos ejemplares de centenarias palmeras canarias (Phoenix Canariensis), tabaibas, cardones e incluso un precioso y frágil drago, en un paseo sin dificultad de unas dos horas de duración a paso lento, con la omnipresente presencia del Océano Atlántico con el vigor que le caracteriza en la costa norte de esta mágica isla de Tenerife, salpicado de rocas y roquedos.

Tras pasar por delante de esta histórica mansión de Tenerife, tomaremos rumbo hacia el denominado Fortín de San Fernando, una pequeña atalaya sobre el mar, que completaba la defensa de la costa del Valle de la Orotava y de su Puerto de los constantes ataques de Piratas y Corsarios, y que diseñada en el Siglo XVIII fue remodelada y artillada con cinco cañones de hierro, de los que subsisten tres en el fatídico año de 1808, comienzo de la ocupación Napoleónica de la España Peninsular.

Desde las inmediaciones del fortín, se contempla la mejor vista de conjunto. Un palmeral sobre el mar, presidido por una maravillosa mansión canaria en el tradicional color amarillo.

Al otro lado, en dirección al Puerto de la Cruz, una perspectiva de la escarpada e indómita costa norte de Tenerife, con la casa de Gordejuela, antiguo elevador de agua construido por los Hamilton, como romántica estampa en la lejanía.

De regreso al coche, volvemos a pasar bajo la sombra del viejo y escuálido drago, aproximándonos una y otra vez a la vieja mansión que asoma entre el palmeral.

Pero esta vez, llegados a la bifurcación, tomaremos a la izquierda y subiremos no sin antes visitar la fuente, bajo la sombra de los viejos laureles de indias hasta regresar por un serpenteante camino hasta el Mirador de San Pedro donde conviene beber una buena jarra de refrescante cerveza Dorada para culminar tan magnífica excursión.