El cañón de Tonazaro

El cañón de Tonazaro

Comienza nuestra excursión conduciendo hasta la recóndita localidad de Tijoco Alto en los altos de Adeje en el sur de la isla de Tenerife, y aparcando el coche frente a la Tasca Tonazaro, magnífico restaurante rural donde se puede disfrutar de una de las mejores carnes de cabra de la isla y que abre todos los días salvo los lunes. De hecho, subir al fabuloso cañón de Tonazaro, sólo puede concluir reponiendo fuerzas a la vuelta en su tasca homónima.

Desde nuestro punto de partida, seguimos la carretera hacia la cumbre pasando por delante de varias casas rurales con sus gallinas y gallos revoloteando por derredor.

Llegados a un punto, a apenas algo más de un kilómetro desde el coche, nos encontramos con una cancela que delimita el inicio de la pista forestal y antes de atravesarla, tomamos el camino de tierra que se abre a la izquierda y que bordeando el barranco nos conducirá a nuestro destino.

Es este un lugar donde el sendero original se ha desdibujado en gran parte y donde debemos estar muy atentos para no perdernos, caminando siempre a la vera de los sucesivos barrancos que nos vamos a ir encontrando. Un terreno agreste, de magnífico aire puro, un fantástico pinar que está a considerable altitud sobre el nivel del mar.

Poco a poco en lo alto, a la izquierda, iremos vislumbrando la fastuosa imagen del impresionante cañón de Tonazaro, una sorprendente garganta natural, un fabuloso corte  estrecho de paredes verticales en el tramo más alto del renombrado  Barranco de Erques.

La mala conservación del sendero, que no está señalizado, nos lleva a pensar en más de una ocasión que la única forma de llegar a Tonazaro es atravesando los tres cauces de barrancos que nos separan de él, pero lo que hay que hacer es perseverar en el camino hasta llegar a un punto, siguiendo las tajeas del canal de agua, donde existe un paso que nos salva el barranco y que en un momento determinado, tras atravesar varios bancales de antiguos terrenos cultivados que hoy están en semi abandono, nos sitúa en una cota superior  a la de nuestro destino.

Llegados a Tonazaro, sorprende el brutal corte natural, la vertiginosidad de sus paredes de piedra y su privilegiada situación como atalaya natural sobre las tierras de la costa suroccidental de la isla. Es uno de esos rincones mágicos de la isla donde se oye el silencio y donde se siente una enorme energía telúrica.

Regresamos por el mismo camino, pero esta vez, vencidos los bancales, seguimos el canal, hasta llegar a unos viejos algarrobos donde encontramos una vieja casona rural en ruinas que fue centro de operaciones de la Compañía Fyffes.

Esta emblemática empresa, que fue propietaria de todas las tierras de Tijoco desde la cumbre hasta la costa, producía plátanos y tomates para la exportación en las zonas bajas y trigo y papas en las zonas altas, embarcando sus producciones a través del pequeño Puertito de Adeje. Más abajo, encontramos un segundo vestigio de la compañía al toparnos con la casa del gerente británico de la mencionada empresa. Casa que también en estado ruinoso, supone un hito constructivo en la isla, pues a bien seguro que se trata de una de las primeras casas prefabricadas de Tenerife.  Aún quedan restos de lo que debió ser, a decir de los lugareños,  un precioso jardín.

Continuamos nuestra caminata hasta llegar por la pista forestal a la cancela que evitamos al principio de nuestro camino, alcanzando tras cuatro horas de fatigoso andar, el lugar donde habíamos dejado el coche.